De repente sonó el despertador, me di media vuelta y observé el reloj, las 7:30. Me dirigí a la ducha, como todas las mañanas, y mientras el agua caía sobre mi cuerpo, me di cuenta que era 22 de Junio y era el último día que iba a dar clase en ese curso. Empecé a recordar todos los días durante aquel año de clase, desde el primero hasta el último, con sus más y sus menos, pero siempre con ellos, con mis alumnos, aquellos que sacaban lo mejor de mi cada mañana, aquellos que hacían que me pusiera de mal humor, pero que se me pasara a los diez minutos, aquellos que me dieron tantos dolores de cabeza sin desearlo, porque cada todos me han proporcionado algo durante ese curso y todo ello porque cada uno es único y especial para mí.. Esa mañana fue intranquila y la emoción de los niños por saber que después de aquellas horas no tendrían clase durante mucho tiempo, hacía alterarlos y que estuvieran inquietos toda la mañana. Quise que fuera una clase especial, que de algún modo u otro intentaran recordarla el día de mañana o simplemente sacaran algo provechoso de ella.
De cada uno me llevo un recuerdo, una emoción, un sentimiento…ellos seguramente me recordarán el día de mañana como aquella profesora que les abrigaba para no coger frío en el recreo, que jugaba con ellos a mamás y papás, que les enseño conocimientos a través del juego y la creatividad y la cual quiso sacar de cada uno de ellos lo mejor de sí mismo. Entonces me di cuenta de que había conseguido mi objetivo y que me sentía muy orgullosa por ello. Finalmente, cerré la puerta de aquella clase y sonreí.








