martes, 22 de marzo de 2011


Rozó su nuca con los labios, despacio, sintiendo el calor de su cuerpo en el corazón. Dormida, igual que una chiquilla, le parecía un ángel. Se acomodó junto a ella, con el alma gritándole, y la miró con esa ternura que se huele entre los que aman con algo más que locura. Era su princesa, su niña, y sentirla cerca le era tan necesario como respirar. No podía imaginar la vida sin ella.
- Sabes que te quiero, ¿verdad? - rozó su cuerpo, apartándole el pelo, y esperó el sonido de su respiración.
Ella se revolvió en sueños y una sonrisa brotó de sus labios. Él sonrió también, y con mirada de niño, embelesado, se tumbó junto a ella y la rodeó con sus brazos.
- Te quiero, te quiero... - le susurró al oído, notando cómo su corazón latía más fuerte, sintiendo una emoción que jamás había sentido.
Y ahora, allí, tumbado junto a ella, se daba cuenta de que nunca había vivido de verdad, y que aquella emoción sincera, tan pura que le llenaba los ojos y el corazón de lágrimas, era su aire, su razón, su sentido. Porque sin aquella mujer , estaría muerto...

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